
Por: Ing. Abelardo Terrero, investigador de la región suroeste de la República Dominicana
Rafael Leónidas Trujillo Molina. Nombre temido, recordado, silenciado. En la historia dominicana, pocos hombres han marcado tanto el destino de un país. Pero para entender a Trujillo, no basta con repetir que fue un dictador: hay que saber de dónde vino. Y aquí comienza nuestra historia, una historia que no se cuenta en los libros de texto, pero que brota como verdad viva en las raíces del suroeste.
Trujillo no era un extranjero en estas tierras; era nieto de haitianos, bisnieto de franceses mulatos, descendiente de campesinos banilejos, maestro de pueblo, soldados canarios, y hasta ministros del gobierno de Haití. En otras palabras: Trujillo era uno de nosotros. Y sin embargo, negó cada pedazo de su historia.
Este artículo no es solo para los académicos. Es para ti, para el joven curioso, para la madre que nunca leyó un libro de historia, para el abuelo que aún recuerda las huellas del 1937, y para el pueblo de Cristóbal, Neiba, Cabral, Galván y Mella, que durante décadas ha vivido en los márgenes de la verdad oficial. Esta es la otra cara de Trujillo. La humana, la negada, la que revela por qué oprimir al suroeste fue, en el fondo, una forma de ocultarse a sí mismo.
Un origen entre montes y mulatos
Trujillo nació el 24 de octubre de 1891 en San Cristóbal, entonces una comunidad campesina y fronteriza con fuertes vínculos con Haití. Su madre, Altagracia Julia Molina Chevallier, era hija de una maestra: Luisa Erciná Chevallier, reconocida en su época por formar generaciones enteras de niños de campo.
Pero lo que muchos ignoraban —y él ocultó deliberadamente— es que Luisa era nieta de haitianos, y descendiente directa de la familia Chevallier Moreau, mulatos libres de Puerto Príncipe con raíces francesas.
Por el lado paterno, Trujillo venía de José (Pepe) Trujillo Valdez, hijo natural de un suboficial español nacido en Gran Canaria y una banileja llamada Silveria Valdez Méndez, criada en la zona de Cambita.
Es decir, Trujillo era nieto de una haitiana, bisnieto de un ministro haitiano, y tataranieto de un militar mulato de la colonia francesa de Saint-Domingue. ¿Y qué hizo con todo eso? Lo borró. Se inventó un linaje blanco, español, puro. Y desde ese falso espejo, castigó a todo aquel que le recordara su pasado verdadero.
El verdugo que asesinó su reflejo
En 1937, Trujillo ordenó una de las peores masacres del Caribe: la matanza de haitianos en la frontera. Más de 20,000 personas fueron asesinadas a machete y tiro en Dajabón, Montecristi, y otras zonas limítrofes.
Y aquí viene lo más doloroso: Trujillo mandó a matar a los que eran como su abuela. A los que hablaban como su bisabuelo. A los que cocinaban como su madre. A los que tenían el mismo color de piel que él trataba de blanquearse con maquillaje.
“Eleonore Juliette Chevallier Moreau”, la bisabuela de Trujillo, aparece en documentos haitianos del siglo XIX como mujer libre, de clase alta mulata, casada con el ministro Justin Turenne Carrié Blaise.
— Archivo Nacional de Haití, Registro No. 254 (1878).
¿Y qué tiene que ver esto con nosotros en el suroeste?
Mucho. Porque mientras Trujillo se levantaba como “el restaurador de la raza” en el Palacio Nacional, el suroeste era abandonado, empobrecido, silenciado. Y no fue casualidad. Durante su régimen:
- Se desmembraron antiguos hatos como Cristóbal de la Sal, La Lista, Mena, El Montazo y Galván, en favor de ingenios y fincas del Estado.
- Se instaló una política de militarización y represión en los pueblos fronterizos, para controlar no solo la migración, sino la cultura que él mismo llevaba en la sangre.
- Se suprimieron prácticas espirituales como el liborismo, por considerarlas “brujería haitiana”, cuando en realidad eran parte de la espiritualidad afrodominicana que su propia madre practicaba.
“La región suroeste fue estratégica no para su desarrollo, sino para su aislamiento. Se consolidó como periferia útil, no como centro del proyecto nacional.”
— Archivo General de la Nación, Informe sobre Política Territorial de 1943.
Trujillo, esclavo de su miedo
El verdadero drama de Trujillo no fue su dictadura, sino su tragedia personal: ser esclavo de un espejo roto. Luchó toda su vida por ser blanco, puro, europeo… pero en su reflejo siempre aparecía su abuela haitiana, su madre mulata, su tierra natal de conucos y caminos de polvo.
Y como no pudo huir de sí mismo, convirtió al país entero en su prisión. El suroeste, especialmente, fue encerrado en un tiempo detenido, sin caminos, sin hospitales, sin escuelas, mientras él se bañaba en leche y levantaba obeliscos.
¿Por qué contarlo ahora?
Porque la historia se cura contándola, no ocultándola.
Porque el suroeste merece justicia histórica.
Porque Cristóbal, Cabral, Duvergé, Mella y todos nuestros pueblos tienen derecho a saber que no son periferia, sino raíz.
Y porque quizás, al entender que Trujillo era hijo del mismo pueblo que pisoteó, podamos liberar la memoria de todos los que fueron callados por temor o vergüenza.
Fuentes documentales consultadas
- Archivo General de la Nación (AGN), Sección Genealógica, leg. 29, f. 17.
- Archivo Nacional de Haití, Registro Civil, Tomo II, ficha 254 (1878).
- Chaljub Mejía, Rafael. Trujillo: Síntesis biográfica. Santo Domingo: CIES, 2002.
- Mella, Pablo. “Las raíces haitianas de Trujillo”, en Genealogía Caribeña, vol. 4, 1998.
- Censo Parroquial de Baní, 1872, Archivo Eclesiástico.
- Jacques Nicolas Léger, Haiti: Her History and Her Detractors, Boston: Neale Publishing, 1907.
- C. L. R. James, The Black Jacobins, Londres: Vintage, 1938.
- Registre de Propriétés, Département de l’Ouest, Haïti, 1797


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